jueves, 17 de septiembre de 2026

Anfiteatro de El Djem: el coliseo romano sin cimientos de Túnez

A primera vista parece imposible. En una llanura seca del centro de Túnez se levanta un coloso de piedra capaz de rivalizar con los grandes monumentos de Roma. No está apoyado sobre una colina y, según la descripción de la UNESCO, fue construido sin cimientos. Aun así, buena parte de sus muros, arcos y galerías sigue en pie después de casi 1.800 años.

Se trata del Anfiteatro de El Djem, también escrito El Jem, el mayor coliseo romano del norte de África. Su fachada monumental ya sería suficiente para convertirlo en un lugar único, pero su secreto más inquietante se encuentra bajo la arena: una red de pasadizos donde gladiadores y animales aguardaban antes de aparecer frente a miles de espectadores.

¿Cómo pudo una ciudad provincial levantar una obra tan grande y por qué nunca se terminó por completo? La respuesta mezcla riqueza, propaganda, ingeniería y una rebelión que sacudió al Imperio romano.

Anfiteatro de El Djem: el coliseo romano sin cimientos de Túnez

¿Dónde se encuentra el Anfiteatro de El Djem?

El anfiteatro está en la actual localidad de El Djem, en el centro-este de Túnez. Aunque muchas fotografías lo presentan como un coliseo perdido en el desierto, no se encuentra en medio del Sahara. Se alza sobre una extensa llanura de paisaje seco, dentro de una población moderna que creció alrededor de las ruinas.

Durante la época romana, la ciudad se llamaba Thysdrus y formaba parte de la provincia de África. Estaba lejos de la capital imperial, pero no era un lugar aislado ni pobre. Su posición en importantes rutas comerciales y la producción agrícola de la región hicieron que alcanzara una prosperidad extraordinaria.

Para entender por qué una ciudad del norte de África quiso construir un edificio comparable con el Coliseo, conviene recordar el origen de Roma y la expansión de su poder. El Imperio no solo dominaba mediante ejércitos y leyes: también utilizaba grandes obras públicas para mostrar autoridad, riqueza y pertenencia al mundo romano.

Thysdrus y la riqueza del aceite de oliva

La fortuna de Thysdrus estaba muy relacionada con el cultivo del olivo y el comercio de aceite. El producto era esencial en la vida romana: se empleaba para cocinar, iluminar, elaborar cosméticos y cuidar el cuerpo. Las tierras del actual territorio tunecino abastecían a numerosos mercados del Imperio, y las élites locales acumularon grandes riquezas gracias a esa actividad.

El anfiteatro fue la expresión más visible de aquella época de abundancia. No era solo un recinto para divertirse. También servía para exhibir el poder de la ciudad y demostrar que Thysdrus podía adoptar los gustos, las técnicas y los símbolos de la propia Roma.

Su capacidad estimada era de unos 35.000 espectadores, una cifra sorprendente para una población provincial. Es probable que los días de espectáculo atrajeran a personas llegadas de toda la región y no únicamente a los habitantes de la ciudad. De esa forma, el edificio funcionaba como un gran centro de reunión social, política y comercial.

Un gigante de piedra construido sin cimientos

El Anfiteatro de El Djem mide aproximadamente 148 metros en su eje mayor y 122 metros en el menor. Su fachada alcanzaba unos 36 metros de altura y estaba organizada en tres niveles de arcos, adornados con elementos de estilo corintio y compuesto. Por sus dimensiones, se encuentra entre los anfiteatros romanos más grandes que han llegado hasta nuestros días.

Sin embargo, su característica más asombrosa no es el tamaño. A diferencia de otros recintos antiguos que aprovechaban la pendiente de una colina para sostener las gradas, el de El Djem se levantó de forma independiente sobre un terreno llano. La UNESCO destaca que fue construido con grandes bloques de piedra, sin cimientos y sostenido por un complejo sistema de arcos.

Esto no significa que los romanos amontonaran las piedras sin planificación. Los arcos, bóvedas y muros distribuían el enorme peso del edificio y creaban una estructura estable. Cada parte ayudaba a sostener a la siguiente. Ese equilibrio explica que gran parte del anfiteatro haya sobrevivido a guerras, saqueos, la retirada de sus piedras y siglos de abandono.

¿Quién mandó construir el Anfiteatro de El Djem?

La construcción suele fecharse alrededor del año 238 d. C., uno de los momentos más agitados de la historia romana. La versión más conocida atribuye el proyecto a Gordiano I, un anciano gobernador de la provincia de África que fue proclamado emperador durante una rebelión iniciada precisamente en Thysdrus.

La historia tiene todos los elementos de una tragedia. Gordiano I y su hijo, Gordiano II, desafiaron al emperador Maximino el Tracio. La revuelta duró muy poco: Gordiano II murió en batalla y, al conocer la noticia, su padre se quitó la vida. Según el relato popular, aquella derrota habría detenido las obras del anfiteatro y explicaría por qué algunos de sus sectores nunca fueron acabados.

Pero hay que separar la leyenda de lo que realmente puede demostrarse. No se ha encontrado una inscripción que identifique con certeza al promotor del edificio, y la fecha exacta de su construcción sigue siendo objeto de debate. Los arqueólogos lo sitúan en la primera mitad del siglo III y reconocen su relación con el periodo de mayor prosperidad de Thysdrus, pero no todos aceptan que Gordiano I fuera quien ordenó levantarlo.

El misterio, por tanto, permanece abierto. El anfiteatro pudo estar relacionado con los Gordianos, con las familias ricas de la ciudad o con un proyecto colectivo de sus élites. Lo seguro es que su escala tenía un mensaje claro: Thysdrus quería ser vista como una de las ciudades más importantes del África romana.

Los túneles ocultos bajo la arena

El exterior impresiona, pero la parte más intensa de la visita comienza al descender al subsuelo. Bajo la arena se conserva gran parte del hipogeo, el conjunto de corredores y habitaciones que permitía organizar los espectáculos sin que el público viera los preparativos.

En esas galerías esperaban gladiadores, trabajadores y animales salvajes. Las celdas se distribuían a los lados de los pasillos, mientras diferentes aberturas comunicaban el nivel subterráneo con la arena. Mediante plataformas y mecanismos de elevación, los organizadores podían hacer aparecer animales, combatientes o elementos de escenografía de forma repentina. Para los espectadores, aquella entrada inesperada aumentaba el dramatismo; para quienes aguardaban abajo, la oscuridad y el ruido debían resultar aterradores.

El subsuelo de El Djem recuerda que muchas ciudades antiguas esconden otra ciudad bajo sus calles. En Roma ocurre algo parecido con Vicus Caprarius, la llamada Ciudad del Agua, un yacimiento subterráneo que permite descubrir capas de historia ocultas bajo los edificios actuales.

Gladiadores, animales y espectáculos para miles de personas

Los anfiteatros romanos acogían combates de gladiadores, cacerías de animales y otros espectáculos públicos. No eran simples competiciones deportivas. Cada jornada estaba diseñada como una gran puesta en escena, con música, decorados, ceremonias y momentos pensados para sorprender a la multitud.

Las gradas se organizaban según la posición social. Las autoridades y las familias más poderosas ocupaban los lugares de mayor prestigio, mientras el resto de la población se distribuía en niveles diferentes. La arquitectura convertía así el orden social de Roma en algo visible para todos.

El muro que rodeaba la arena protegía al público y separaba dos mundos. Arriba estaban los espectadores; abajo, quienes arriesgaban la vida. Hoy es posible caminar por ese mismo espacio y observar las entradas del hipogeo, una experiencia que permite comprender la escala real del edificio mucho mejor que cualquier fotografía.

De centro de espectáculos a fortaleza

Con el paso de los siglos, el anfiteatro perdió su función original, pero sus gruesos muros le dieron una segunda vida. Fue utilizado como refugio y fortaleza durante distintos conflictos. Su estructura cerrada, sus accesos controlables y su altura lo convertían en una posición defensiva difícil de conquistar.

En los siglos XVII y XIX, las fuerzas que intentaban expulsar a grupos refugiados en el interior recurrieron a la artillería. Los cañonazos abrieron parte de la gran brecha que hoy rompe uno de los lados de la fachada. Además, numerosos bloques fueron retirados para reutilizarlos en otras construcciones.

A pesar de esos daños, el conjunto conserva la arena, buena parte de las estructuras que sostenían las gradas, el muro del podio y casi todos los pasadizos subterráneos. Esa conservación excepcional permitió que el Anfiteatro de El Djem fuera inscrito como Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1979.

Qué se puede ver durante una visita a El Djem

Recorrer el anfiteatro permite observarlo desde perspectivas muy diferentes. Desde la arena se aprecia la altura de las arcadas; en los corredores interiores se entiende cómo circulaban miles de personas, y desde las zonas elevadas se obtiene una vista amplia de la ciudad. El descenso al hipogeo es imprescindible para ver las celdas y los pasadizos que permanecían ocultos al público romano.

También merece la pena conocer el Museo Arqueológico de El Djem, donde se conservan mosaicos y objetos encontrados en antiguas viviendas de Thysdrus. Estas piezas muestran que la riqueza local no se limitaba al anfiteatro: algunas casas estaban decoradas con escenas mitológicas, animales y complejos motivos geométricos.

El sol puede ser intenso y muchas superficies son irregulares, por lo que conviene llevar agua, protección solar y calzado cómodo. Antes del viaje también es recomendable consultar los horarios oficiales, ya que pueden cambiar según la época del año.

El Djem demuestra que la huella de Roma va mucho más allá de Italia. Mientras algunos viajeros concentran su recorrido en lugares como la maravillosa Fuente de Trevi, el norte de África guarda ciudades, mosaicos, templos y anfiteatros capaces de contar otra parte esencial de la misma historia.

¿El Anfiteatro de El Djem es más grande que el Coliseo de Roma?

No. El Coliseo de Roma tenía mayores dimensiones y podía recibir a más personas. Sin embargo, El Djem figura entre los anfiteatros romanos más grandes del mundo y es el mayor de su tipo en el norte de África. Además, su buen estado de conservación permite recorrer espacios que ayudan a imaginar con claridad cómo funcionaba un recinto de estas características.

La comparación entre ambos monumentos es inevitable porque comparten el diseño ovalado, los pisos de arcadas y una compleja red de circulación interior. Aun así, El Djem no es una copia exacta. Sus constructores adaptaron el modelo a las necesidades de Thysdrus y crearon una obra con soluciones propias.

Un monumento que cuenta mucho más que una historia de gladiadores

El Anfiteatro de El Djem es impresionante por su tamaño, pero su verdadero valor está en todo lo que revela. Habla de una ciudad africana enriquecida por el aceite de oliva, de la ambición de sus élites, de la ingeniería romana y de una sociedad que convertía el entretenimiento en una demostración de poder.

También recuerda que los grandes monumentos nunca tienen una sola vida. El recinto pasó de escenario de espectáculos a fortaleza, cantera y, finalmente, patrimonio protegido. Sus túneles, todavía silenciosos, conservan la parte más humana y oscura de aquella historia.

Por eso El Djem merece figurar junto a otros destinos de viaje asombrosos del mundo. No solo permite contemplar una maravilla arquitectónica: ofrece la posibilidad de caminar por la arena, entrar en los pasadizos y mirar el lugar desde la misma oscuridad en la que hace siglos esperaban gladiadores y fieras.

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